La ciudad oculta
muchos males y realidades, tal es el caso de varios asentamientos de
drogodependientes en pleno cordón ecológico, y una comunidad que yace más de 20
años dentro de esta reserva, todo esto se contrasta con mucha basura que se evidencia en los riachuelos que
desembocan al río Piraí.
Luego de un partido de fútbol por la tarde a lado del cordón
ecológico de la ciudad cruceña, cuarto
anillo, frente a Multicenter, me dispuse a averiguar qué había tras los
arbolitos que mucha sombra dan ante un juego de 20 minutos por lado.
Empecé a recorrer por las sendas que tiene el cordón y de
repente una persona se me cruza en el camino y con voz algo difuso me dice
-cómo es mayfriend. Lo saludo -cómo anda querido, aquí paseando por estos lares. Me percato de dónde había
salido y evidencié unas casitas improvisadas, un par de personas cocinando y
otras más que estaban seleccionando unos fierros y chatarras que según era el
producto del trabajo del día para vender. Claramente la persona con que me topé
era un drogo dependiente, el cual muy amablemente conversó conmigo.
Conversando
con Federico (el hombre que me intersectó), me comenta que viven hace más de 5 años ahí, así como ellos hay
muchos más en toda la ladera, cada vez
buscan espacios dentro del cordón para establecerse o al menos sobrevivir. Añade
que la alcaldía los saca y nuevamente vuelven, porque no tienen dónde ir. Ellos
se ganan la vida recolectando basura,
chatarras, la venden y les alcanza por lo menos para comer y comprar su vicio.
También comentó que siempre hay alguien
que no se porta bien y por causa de unos terminan pagando todos.
Mirando más a fondo de la comunidad, cerca el canal que
desemboca al Piraí, me percaté la inmensa cantidad de basura que llega y se
detiene en esta área protegida. Bueno eso también resulta de una escasa cultura
ciudadana, donde la mínima bolsita tirada en la calle repercute como una bola
de nieve de los miles de ciudadanos que generan esa realidad, ni qué decir de
los micro basurales que se crean a lado de los canales, en fin, me despedí de
Federico, el cual muy amablemente me preguntó cuándo volvía a conversar con él.
Debo confesar que dentro de esas taras de prejuicios, al ver al individuo
acercarse a mí, me entró algo de miedo, pensé que me iba a asaltar (una
hipótesis nula del pensamiento).
Seguí caminando, de
repente unas gradas de ladrillo bajaban
al riachuelo y volvían a subir al otro extremo. Decidí pasar al otro lado y
encontré toda una comunidad
con muchas familias, parecía un pueblito muy alejado de la ciudad, casitas de
maderas, una cancha, personas pasaban por mi lado con miradas desconfiadas,
examinándome, me puse nervioso, decidí seguir caminando, la realidad era
totalmente ajena a la primer comunidad que me había topado, estos estaban bien
organizados, no eran drogodependientes ni nada por el estilo, sino más bien familias
que viven hace más más de veinte años en esa zona. Vi un señor mayor que estaba
hamaqueándose con su música en volumen alto, me acerqué a saludarlo, el señor
se paró inmediatamente, apagó su equipo de sonido, y me dijo, -Buenas tardes
joven, ¿qué se le ofrece?, en ese momento entendí que sí podía conversar con
él, me presenté. Hablamos, me dijo que
se llama Francisco, tiene 82 años de
edad. Esos datos fueron naturales, el señor empezó indicándome su nombre y
edad, me contó que lleva más de 14 años viviendo en esa comunidad llamada
“Final Villa Busch”, él había llegado a una casucha que un amigo le había
regalado, llegó sólo, meses antes se había separado de su esposa, sus hijos ya
eran independientes y decidió vivir ahí. – Vivo feliz y tranquilo, tengo mi
renta dignidad y soy jubilado. Indicó.
Varias gallinas, una sombra espectacular bajo un cupesí, su casa y por supuesto la hamaca. Le agradecí
por su tiempo, luego me fui.
Un poco de nervios a cada paso, ya que algunas mujeres que
pasaban por mi lado murmuraban en voz alta –Para qué van a preguntar a ese
viejo, deberían ir donde la dirigente.
Entendí que la gente vive susceptible, ya que es prohibido
que existan asentamientos en pleno cordón ecológico, sin embargo esos más de 20
años que habitan como una aldea y comunidad, les ha hecho ser el límite de ese
monstruo de “desarrollo” que crece y se denominado ciudad.
Comunidad Drogodependientes.
Parte de la comunidad "Final. Villa Busch", tienen una cancha de fútbol, son alrededor de 50 familias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario